Gris. Lluvia. Tristeza. (Fuente de la imagen: unsplash.com)

Nunca nada es lo que parece

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Os traemos un cuento de intriga. Su protagonista, Álvaro, nos narra uno de los peores días de su vida… al que no le falta humor

Cada día caigo más hondo en el pozo donde vivo. Cada día las horas de sueño disminuyen. No sé cuándo dejé de vivir para comenzar a sobrevivir. Soy como una pequeña alma en pena encerrada en un cuerpo. Aquello que al principio solo era un juego tonto de niños, ahora se ha convertido en mi mayor pesadilla. Da igual cuánto corra, cuánto huya; ellos seguirán a mi lado. Cada día mis brazos duelen más, siento como mi cuerpo pálido se desvanece. Ahora estoy de nuevo tirado en mi cama, no haciendo nada, como todos los días de mi vida: decepcionante como siempre. Nunca he sido lo suficientemente bueno, nunca he sido lo que siempre deseaste, pero ahora, qué más da, tú al menos ya no estás a mi lado. 

Fuente: https://cualeselrollo.com/2016/08/sanando-a-mi-nino-interior/nino-solitario-e1468996974542/

Escucho gritos de fondo, no sé de quién. Le resto importancia. Vuelvo a sentir cómo las lágrimas resbalan por mi mejilla. Comienzo a temblar. Tocan a la puerta. Solo puedo dar un pequeño grito ahogado entre mis llantos diciendo que no me molesten. Aprieto las vendas que rodean mi mano y parte de mi muñeca me empieza a arder. Siento el olor de la sangre inundando la habitación, se me ha vuelto a abrir. Ahora recuerdo la última vez que me acerqué al borde de aquel precipicio, no entiendo por qué me colapsé, por qué no di el paso, por qué no acabé con este dolor. Me doy cuenta de que me he levantado. Me acerco poco a poco a mi ventana. Todo se ve de color gris.

Fuente: https://nortexpres.com/una-ventana-abierta-en-vitoria-genera-muchos-nervios-a-los-vecinos/

Veo como mancho un poco el suelo de mi habitación con sangre. Mi móvil no deja de vibrar. Seguro que es ella. Al final no me libré de mi primer problema. Aún recuerdo cada palabra que salió de su boca. Siento como las lágrimas caen con más intensidad, siento como forcejean mi puerta: la única escapatoria está frente a mí. Me acerco un poco más a paso lento, al lugar donde me subí, al borde, quedando solo agarrado con una mano al marco. Sentía el viento recorrer mi pie y dejé uno de mis pies caer. Sentía que la adrenalina recorría mi cuerpo, di mi último impulso, me dejé caer, todo lo veía a cámara lenta. 

Vi a mi madre acercarse a la ventana y chillaba. No la pude escuchar. Me di contra el frío suelo. Eso es lo último que recuerdo. Después me levanté, por suerte no había sido nada grave, solo pequeñas lesiones sin importancia. Ese mismo día me visitó una médico, como la llamó mi madre. Pero sabía que era una psicóloga. La verdad, la conversación fue muy tranquila y me sentía agusto. Le expliqué las razones de mi intento de acabar con todo.

 “Ayer, cuando salía del colegio iba pensando en la nota de un examen. Saqué un 4,9… ¡¡Un 4.9!! Además, por estar distraído por la maldita nota, mi supuesto mejor amigo me pilló la mano con la puerta del coche y al llegar a mi casa mi madre me dijo que no saldría en una semana y tenía prohibido jugar a videojuegos”, le conté. Ella se quedó en completo silencio durante unos instantes y al final dijo: “Vaya, pensaba que sería algo más grave”. 

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