Astro, más allá de una familia (I)

a Espai Creatiu/Opinem
Por Dagda Ryan

Capítulo 1: Andrómeda

Andrómeda era una chica modesta, inteligente, estudiosa, sincera y generosa. Uno podría pensar que, con tales atributos, se trataría de una persona muy segura. En cambio, por alguna extraña razón, Andrómeda nunca sintió plena confianza en sí misma. ¿Esta falta de seguridad era porque no tenía madre o porque no entendía muy bien de qué se trataba su superpoder?

Esta amable chica de trece años vivía con su abuelo en una casa que antiguamente había sido un observatorio y laboratorio astronómico al norte de Noruega, cerca del mismísimo Cabo Norte, donde había muy poca población y, por tanto, sin contaminación lumínica para poder situar un observatorio astronómico.

A Andrómeda le encantaba disfrutar de esos grandes espacios tanto interiores como exteriores. En casa, se complacía aprendiendo sobre todo temáticas relacionadas con la astronomía, como el funcionamiento de cohetes y telescopios, diseñando ropa, escuchando música K-pop, y dibujando manga y animes. Como ella era más bien delgada y tenía boca y nariz pequeñitas, que contrastaban con sus grandes ojos verdes, sus amigos le decían que justamente parecía una de las chicas anime que le gustaba dibujar.

Cuando salía, tenía justo al lado un gran bosque de abetos, al cual acudía sin cesar, y donde bailaba, cantaba, leía y miraba las estrellas mientras se imaginaba un sinfín de historias, a cuál más creativa. El bosque era para ella como un miembro más de su pequeñísima familia: la fragancia de los abetos era el olor que ella identificaba como su hogar, la tranquilizaba cuando estaba nerviosa, y siempre se sentía acogida por sus miles de ramas, muy densas en cada árbol, pero con suficiente espacio entre árboles para poder distinguir las estrellas en todo momento. Cuando salía al bosque, el frío polar del Cabo Norte siempre alegraba su blanca tez con unos mofletes bien rosados, y los árboles acariciaban su pelo, que nunca había sido tan largo como para enredarse con las ramas. Aun sintiéndose tan cómoda en su bosque, su abuelo no la dejaba ir más allá de ciertos límites, que se iban ampliando cada vez que cumplía años.

Andrómeda siempre había pensado que su curiosidad por la astronomía venía del propio lugar donde vivía. Aunque ya no había materiales ni equipos científicos, tanto el edificio preparado para la observación astronómica como el bosque siempre abierto al techo estelar representaban un escenario ideal para interesarse por los temas cósmicos. Pero en realidad, había algo más: Andrómeda era la hija de una famosa astronauta, pero no lo sabía. Además, cuando su madre estaba embarazada, hizo un viaje al espacio en el que atravesó los anillos de Saturno.

Cuando Andrómeda tenía un año, su madre se fue de casa sin especificar muy bien cuándo volvería. Su viaje tenía por objetivo investigar cómo su expedición a Saturno podría haber afectado a su hija. Pero todo esto es algo que Andrómeda nunca supo, y lo único que ella quería, cada vez más, era saber quién era su madre y cómo poder recuperarla.

A medida que pasaban los años, no solo se reforzaba su deseo de conocer a su madre, sino que también se fortalecía su superpoder, que consistía en hacer aparecer pequeñas estrellas de sus manos. Este poder ayudaba a Andrómeda en su vida cotidiana. Por ejemplo, cuando se iba a leer al bosque y el sol empezaba a ponerse, se encendía una lucecita para poder continuar con su lectura e iluminar el camino de vuelta hacia su casa. O en invierno, cuando el frío apretaba, creaba una estrella más grande para calentar el hogar. Pero a Andrómeda siempre le quedaba la curiosidad de saber de dónde provenía este magnífico superpoder y, sobre todo, le preocupaba no saber cómo usarlo para mejorar el mundo.

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